Javier Pérez

 

 

Los ingenuos y los muertos

Siempre es el otro el que te entierra,

el que entre salmodias y mortajas

aniquila la esperanza porfiada

de regresar a la vida,

el que apretando los labios

como tórculos abyectos

te conmina a que abandones,

te recuerda que es razón,

lógica y hasta ley

seguir para siempre muerto

si una vez ya lo estuviste.

 

Cuando niño, entre vahos de irrealidades,

cuando joven, entre nieblas surreales,

cuando adulto, habituado a claudicar,

siempre es otro el que te entierra

aunque tú le des la pala

y elijas la sepultura,

aunque encargues tú las flores

y hasta endeches la elegía,

porque a fuerza de buscarlos

siempre se hallan esos ojos

en que asoman el verdugo y el sabueso,

la correa y los grilletes,

esos ojos que te enhebran,

que te embridan

que derrotan a los miedos

allanando incertidumbres,

esos ojos que no engañan,

que son cárcel y lo anuncian,

que son losa y lo proclaman,

que son nicho y celosía,

y por ello tan deseados,

anhelados,

advenidos entre vítores y palmas

del miedo a la libertad.

 

Siempre es el otro el que te entierra,

el que te lleva al olvido,

el que talla la cariátide

que sostiene tus pretextos,

el que arrasa cada idea

que dejaste en el tintero

a la espera de otro cálamo,

siempre es otro el que sepulta

los proyectos inconclusos

aunque tú entones el requiem

y hasta pagues a Caronte,

porque no faltan barqueros

para obras diferidas,

ni escasean los eternos

memoriales de tres días,

ni los deudos circunspectos

preguntándose qué deben,

ni las cartas enmohecidas

acaso ya de antemano

con negros recordatorios

que luego se desvanecen.

 

Pero es el otro,

siempre es el otro el que te entierra.

Porque nunca faltan manos

si es para abrir sepulturas,

ni hisopos,

ni plañideras,

ni días de celebrarlo.

Nunca faltan sacerdotes

consagrando camposantos,

ni cruces,

ni compromisos,

ni cadenas enmohecidas,

ni incensarios para el muerto

que mejor supo morir

y nos dio mejor ejemplo.

 

Así luego, con el tiempo,

cuando memorias bisiestas

se demoren en los nichos

interrogando motivos

para un naufragio de osarios,

podrán  todos culpar a la impía  mano del otro

y salir incólumes del juicio.

Y dormir,

dormir tranquilos

en tinieblas maniqueas

de salvaciones y abismos,

sin dudas ni inconsistencias,

sin resquicios ni fisuras

donde quepan dualidades

que interroguen la certeza de su estado,

sin ambiguas medias tintas

que corrompan

la inmutable esencia bífida del cosmos.

 

Dormir,

sí,

dormir por siempre,

porque el sueño  es privilegio

 de los puros,

los ingenuos

y los muertos

 

 

 

 

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